El escultor Alberto Saravia repasa su obra, su técnica y el sentido de los monumentos populares, con el recordado trabajo en Salto.
Por Pedro Dutour
@PedroDutour
En pleno fervor mundialista y a diez años de su inauguración en el centro de la ciudad de Salto, la escultura de Luis Suárez aparece, en el relato del escultor Alberto Saravia (52), menos como una pieza cerrada y bien terminada de su obra y más como un punto de entrada a una discusión más amplia sobre cómo Uruguay decide recordar a sus figuras públicas.
Saravia, autor de decenas de monumentos distribuidos en distintos puntos del país, se mueve entre la reivindicación del oficio y una lectura crítica de las condiciones en que trabaja. Su producción incluye figuras del fútbol, la música popular y la historia política. En ese mapa, la escultura de Suárez ocupa un lugar singular por su circulación pública y por la controversia que la rodea en términos de realización y contexto.
“Me gustan las figuras históricas, todo lo que es trascendental”, dice a Montevideo Portal. Pero enseguida introdujo un matiz con el que suele lidiar en su práctica. “Tenés que buscar qué hacer, tirar ideas, y de veinte mil ideas pegás una”, remarca.
La obra de Luis Suárez nació, según su propio testimonio, dentro de un encargo de escala acotada, vinculado a un emprendimiento privado en Salto. No estaba pensada originalmente como monumento público en sentido clásico. Esa condición inicial, afirma, condicionó tanto los materiales como el resultado final.
“Era para un restaurante, era publicitario, no era un monumento. Era como hacer algo sencillo, algo medio de nosotros los uruguayos”, recuerda quien se crio en el barrio Villa García de Montevideo pero que vive desde hace décadas en Pando.
La pieza terminó adquiriendo otra dimensión cuando el proyecto original se vio alterado por circunstancias externas, entre ellas una inundación que afectó el espacio donde iba a ser instalada. En ese proceso, la escultura se reubicó y comenzó a circular con mayor visibilidad, hasta convertirse en un punto de referencia para visitantes y aficionados.

La escultura de Luis Suárez en Salto.
En Salto, sobre calle Uruguay, la figura de Suárez –inaugurada en julio de 2016, realizada de tamaño natural y en resina maciza-, es hoy un lugar de paso obligado para fotos y videos. Esa apropiación del espacio es algo que Saravia reconoce como parte del destino habitual de sus obras. “La gente se apodera de mis esculturas”, afirma.
Sin embargo, su evaluación técnica sobre la pieza no resulta ser complaciente. A diferencia de otras obras de su trayectoria, más ambiciosas en escala y resolución, la escultura de Suárez no ocupa para él el lugar de los trabajos más logrados. “Es una de las esculturas menos logradas de las mías”, reconoce sin rodeos.
Esa observación convive, sin embargo, con otra lectura menos técnica y más sociológica. En su visión, el valor de una escultura pública no depende exclusivamente de su perfección formal, sino de su capacidad de insertarse en la vida cotidiana. “La gente se puede apoderar de ellas, tomarse fotos”, explica.
Entre las obras más reconocidas de Saravia figuran esculturas de Carlos Gardel en el Parque Central -primero en el bar Facal-, Alfredo Zitarrosa en Pando, Obdulio Varela en Tres Cruces (hoy en el Museo del Fútbol), Rosa Luna en el mismo complejo, y Wilson Ferreira Aldunate en la rotonda de acceso al antiguo Aeropuerto de Carrasco, además de intervenciones vinculadas a figuras como Luis Alberto de Herrera y otros referentes de la política y la cultura popular uruguaya.
En ese sentido, la obra más reciente de gran escala asociada es la del monumento a Ansina en Las Piedras, que sintetiza su línea de trabajo en torno a la historia y la memoria pública.

Escultura de Ansina en Las Piedras.
Un modo de trabajar
Saravia trabaja con resinas, fibras y distintos compuestos industriales que le permiten reducir costos y acelerar procesos. También incorpora hierro, polvo de mármol y otros materiales que buscan otorgar resistencia y densidad a las piezas. Se trata tanto de una elección económica como conceptual. “Son esculturas humildes pero inclusivas. No tienen costos exorbitantes y la gente las hace propias”, insiste.
El caso de la escultura de Suárez se inscribe en esa dinámica porque, subraya, es una obra de bajo costo relativo en comparación con el bronce tradicional, pensada para un contexto específico, y que terminó funcionando como punto de encuentro social y turístico.

Alberto Saravia junto a las esculturas de Gardel y Leguizamo.
Saravia contrasta ese tipo de producción con la tradición de la estatuaria monumental en bronce o mármol, asociada a grandes presupuestos, viajes de fundición en el exterior y procesos de ejecución prolongados. En ese contexto ubica buena parte de los grandes monumentos del país, confeccionado por personas como José Belloni o José Luis Zorrilla de San Martín, a los que reconoce valor histórico, pero también distancia con la realidad actual de producción. “Hoy es muy difícil hacer esculturas de gran tamaño en bronce o mármol”, asevera.
En ese escenario, su trabajo se ubica en una zona intermedia entre el monumento clásico y la pieza accesible. Una zona que, según su visión, permite ampliar la cantidad de figuras representadas en el espacio público, aunque con otros recursos materiales.
El escultor extiende esa lógica a una idea más amplia sobre la memoria cultural del país. Menciona futbolistas, músicos y figuras políticas que, a su juicio, deberían ocupar más espacios en plazas y ciudades. En ese listado, la escultura de Suárez aparece como parte de un fenómeno mayor, donde el deporte y la cultura popular funcionan como conectores de reconocimiento colectivo.
“Las esculturas son momentos”, menciona. En el caso de Luis Suárez, ese “momento” coincide con un período de alta visibilidad del jugador, tanto en su carrera deportiva como en su impacto simbólico dentro y fuera del país. Para Saravia, esa coincidencia es parte del valor del encargo, pero también de sus límites. “Una escultura de una persona tan conocida y viva es difícil. No es lo mismo trabajar con fotos que con una referencia histórica cerrada”, indica. Para el escultor, ese uso social es tan importante como la discusión técnica. “Si no se hubiera hecho, quizás no tenía nada”, agrega Saravia.





